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Cartas de amor fernando pessoa

te amo

Fernando Pessoa firmó el poema “Todas las cartas de amor son ridículas” un mes antes de su muerte, con uno de sus heterónimos como rúbrica, Álvaro de Campos. Editorial Funambulista recopila en un solo volumen una cincuentena de cartas que Pessoa dirigió a Ophélia Queiroz, mecanógrafa de las oficinas de la Baixa lisboeta donde tradujo correspondencia comercial. El Pessoa más tierno y digno se alterna con impulsos de vocación literaria, y se oscurece con una psique fragmentada.

Puede leer algunas de las siguientes cartas.

Cartas de amor fernando pessoa

Mi Bebé pequeñín (y actualmente muy malo):

La carta que va adjunta es la que acabo también de enviar a tu casa por mediación de Osório. Espero poder entregártelas ambas mañana, cuando vaya a esperarte a la salida de la oficina Dupin.

Sobre la información que te han dado respecto a mí, no sólo quiero repetir que es enteramente falsa, sino decirte también que la «persona respetable» que ha dado esa información a tu hermana o bien se la ha inventado por completo, en cuyo caso además de mentirosa está loca, o bien esa persona ni siquiera existe y ha sido tu hermana quien se la ha inventado -no digo que se haya inventado a la persona, sino que se ha inventado el hecho de que una determinada persona le haya dicho algo que nadie le ha dicho. Mira, amorcito: es siempre malo, en estas cosas, considerar que los demás no pasan de tontos.

Sobre esa «persona» y lo que de ella me dijiste (naturalmente porque te lo habían dicho a ti), te daré dos detalles: (1) que esa persona sabe que te quiero, (2) que «sabe» que te quiero, pero que no voy con intenciones serias.

Empecemos pues por una de las cosas: no hay quien sepa si yo te quiero o no porque yo no he hecho a nadie confidencia alguna sobre el asunto. Partamos del principio de que esa «persona respetable» no «sepa», sino que se figure que te amo. Dado que tiene que haber un fundamento para figurarse tal cosa, ello significa que esa persona ha visto algún cruce de miradas entre nosotros, ha notado que entre nosotros (o mejor dicho, en este caso, de mí hacia ti) hay algo.

Esto quiere decir que es una persona de aquí, de la oficina, o que viene por aquí a menudo, o bien que recibe informaciones de alguien que viene con frecuencia por aquí. Sin embargo, para poder afirmar, aunque sea por boca de terceros, que sí, que la verdad es que te quiero, tal persona, si no es ninguna de las que vienen a esta oficina, sólo puede ser alguien o de la familia de mi primo (a quien él hubiese hablado de las «sospechas» que de vez en cuando tiene acerca de [sic] te amo), o entonces un familiar de Osório.

Todo esto son suposiciones, incluso la de señalar a algún familiar de los que acuden a esta oficina es llevar demasiado lejos la tolerancia respecto a la afirmación, como la de esa persona, de saber que yo te amo.

Si no hay, de hecho, casi nadie (nadie que lo sepa por confidencia mía, y en todo caso nadie que pueda «figurárselo ») que pueda saber de cierto si yo te amo, menos habrá -en esta categoría no hay, pues, nadie- quien sea capaz de decir que yo no te amo con intenciones serias. Para esto sería preciso estar dentro de mi corazón; y aun así, se precisaría ver mal pues lo que se vería sería una burrada.

En cuanto a la afirmación de la «mujer» que yo tengo, si no es inventada por ti para apartarte de mí, hazle a la persona respetable (si existe) que informó a tu hermana las siguientes preguntas:

1. ¿Qué mujer es ésa?
2. ¿Dónde he vivido o vivo yo con ella, adónde voy a verla (en el caso de que supongan que somos dos amantes que vivimos en casas separadas), cuánto tiempo hace que estoy con esa mujer?
3. Cualesquiera otras informaciones que den señas o que identifiquen a esa «mujer».

Si toda esta historia no es una invención tuya, te garantizo que te vas a encontrar con una «retirada» inmediata de la persona que te informó, la «retirada» de todos cuantos son pillados mintiendo. Y si dicha «persona respetable» tuviese el descaro de dar detalles, bastará con que tú los verifiques, los indagues. Verás que son mentiras, del principio al fin.

¡Ah, todo esto no es más que un enredo como cualquier otro -sumamente infame, pero, como muchas infamias, estúpido a más no poder- para apartarme de ti! ¿De quién habrá salido el enredo? ¿O no hay enredo alguno y esto es simplemente un pretexto que estás tú buscando para librarte de mí? Quién sabe… Lo supongo todo; tengo el derecho a suponerlo todo.

Pero, francamente, me merecía ser mejor tratado por el Destino de lo que estoy siéndolo -por el Destino, y por las personas.

Vamos a ver si consigo que tengas esta carta entre tus manos hoy mismo, con cualquier pretexto. Si no, te la entregaré mañana cuando nos encontremos aquí a las doce y media del mediodía. Lee bien la carta adjunta, que te he escrito esta pasada madrugada y que se ha cruzado contigo, pues Osório te la llevó cuando tú venías hacia aquí. Observa lo que es escribir una carta, para luego recibir la serie de noticias y «bromitas» que me has hecho llegar.

P. S.: Al final, ¿cuál es la verdad en medio de todo esto? Empiezo a desconfiar de todo y de todos. ¿Cómo fue eso de que no te ibas… y después te fuiste… a Dupin? ¿Cómo es que de repente te dio por hacerle confidencias a tu hermana?
Empiezo a no entender bien…
Empiezo a no saber en verdad qué pensar.

P.S.2: Una cosa más: si la tal «persona respetable» existe (cosa que dudo), averigua qué fines personales pueda tener para querer apartarme de ti. Averigua si no habrá más bien fines amistosos para con algún otro pretendiente tuyo. Sin embargo, esa «persona respetable» debe de ser, seguramente, pariente del señor Crosse -en tanto en cuanto tenga existencia real-. Mañana aquí te espero, en la oficina, a la hora acordada.
Ah, amor mío, amor mío: ¿serás tú quien quiera huir de mí para siempre, o alguien que no quiere que nosotros nos amemos?
Tuyo, siempre tuyo 

Cartas de amor fernando pessoa

Ophelinha:

Para mostrarme su desprecio o, cuanto menos, su real indiferencia, no era preciso el transparente disfraz de tan cumplido discurso ni tampoco la serie de «razones» tan poco sinceras como convincentes que me escribe. Bastaba con decírmelo. De esta manera entiendo lo mismo, pero me duele más. Si prefiere a mí al muchacho con el que festeja, y al que naturalmente quiere mucho, ¿cómo puedo yo tomármelo a mal? Ophelinha puede preferir a quien quiera: no tiene la obligación -creo yo- de amarme ni realmente la necesidad (a no ser que quiera divertirse) de fingir que me ama. Quien verdaderamente ama no escribe cartas que parecen requerimientos notariales. El amor no estudia tanto las cosas ni trata a los demás como a reos a los que hay que «apretar las tuercas».

¿Por qué no es franca conmigo? ¿Qué empeño tiene en hacer sufrir a quien no ha hecho daño alguno -ni a usted ni a nadie-, a quien carga ya bastante con el peso y el dolor de una vida aislada y triste, y que no se merece que vengan a aumentárselos dándole falsas esperanzas, mostrándole afectos fingidos, y ello sin que se entienda su interés, incluso como diversión, o con qué provecho, aun de burla? Reconozco que todo esto resulta cómico, y que la parte más cómica de todo esto soy yo.

Yo mismo le vería la gracia si no la amase tanto y si tuviera tiempo para pensar en otra cosa que no fuese el sufrimiento que usted se place en infligirme y que yo, salvo por el hecho de

Ophelinha:

Para mostrarme su desprecio o, cuanto menos, su real indiferencia, no era preciso el transparente disfraz de tan cumplido discurso ni tampoco la serie de «razones» tan poco sinceras como convincentes que me escribe. Bastaba con decírmelo. De esta manera entiendo lo mismo, pero me duele más. Si prefiere a mí al muchacho con el que festeja, y al que naturalmente quiere mucho, ¿cómo puedo yo tomármelo a mal? Ophelinha puede preferir a quien quiera: no tiene la obligación -creo yo- de amarme ni realmente la necesidad (a no ser que quiera divertirse) de fingir que me ama. Quien verdaderamente ama no escribe cartas que parecen requerimientos notariales. El amor no estudia tanto las cosas ni trata a los demás como a reos a los que hay que «apretar las tuercas».

¿Por qué no es franca conmigo? ¿Qué empeño tiene en hacer sufrir a quien no ha hecho daño alguno -ni a usted ni a nadie-, a quien carga ya bastante con el peso y el dolor de una vida aislada y triste, y que no se merece que vengan a aumentárselos dándole falsas esperanzas, mostrándole afectos fingidos, y ello sin que se entienda su interés, incluso como diversión, o con qué provecho, aun de burla? Reconozco que todo esto resulta cómico, y que la parte más cómica de todo esto soy yo.

Yo mismo le vería la gracia si no la amase tanto y si tuviera tiempo para pensar en otra cosa que no fuese el sufrimiento que usted se place en infligirme y que yo, salvo por el hecho de amarla, me tenga merecido, y creo de veras que amarla no es motivo suficiente para merecérmelo. En fin… Le adjunto el «documento escrito» que me pide.

Cartas de amor fernando pessoa

Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.

También escribí en mi tiempo cartas de amor,
como las demás,
ridículas.

Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.

Pero, al fin y al cabo,
sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
sí que son ridículas.

Quién me diera en el tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor
ridículas.

La verdad es que hoy mis recuerdos
de esas cartas de amor
sí que son
ridículos.

Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas.

Cartas de amor fernando pessoa

Fragmento de una carta fechada el 29 de septiembre de 1929:
«He alcanzado la edad en la que se tiene pleno control de las cualidades propias, y la inteligencia ha adquirido la fuerza y destreza que puede lograr. Así pues, es el momento de hacer mi obra literaria, completando un par de cosas, agrupando otras, escribiendo las que están por escribir. Para llevar a cabo este trabajo, necesito un poco de paz y aislamiento. No puedo, por desgracia, abandonar la oficina donde trabajo (no puedo, claro está, porque no tengo rentas), pero sí puedo, reservando para la oficina dos días de la semana (miércoles y sábados), tener como míos y para mí los cinco días restantes. Ahí tienes la famosa historia de Cascaes. Toda mi vida futura depende de que pueda o no hacer esto, y pronto. Por otro lado, mi vida gira en torno a mi obra literaria – buena o mala, que sea, o podría ser. Todo lo demás en la vida tiene un interés secundario para mí: hay cosas que, por supuesto, estimaría tener, y otras que da igual vengan o no vengan. Es necesario que todos los que me tratan se convenzan de que estoy bien así, y que requerir de mí sentimientos, de hecho muy dignos, propios de un hombre ordinario y trivial, es como exigirme tener los ojos azules y el pelo rubio. Y tratarme como si fuera otra persona no es la mejor manera de conservar mi afecto. Mejor tratar así a quien sea así, pero en este caso es “dirigirse a otra persona”, o algo parecido. Me gustas mucho -mucho- Ophelinha. Aprecio mucho -muchísimo- tu carácter y tus sentimientos. Si me caso, no me casaré más que contigo. La cuestión es saber si el matrimonio, el hogar (o como se le quiera llamar) son cosas compatibles con mi vida y pensamientos. Yo lo dudo. Por ahora, y en breve, quiero organizar esta vida mía de pensamiento y trabajo. Si no puedo organizarla, está claro que ni siquiera podría pensar en el matrimonio.»